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domingo, febrero 28, 2021
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Compañía indispensable

El nido del Kau

William J. Casanova Vázquez


El escritor colombiano Gabriel García Márquez escribió como prólogo de “Clave – Diccionario de uso del español actual” una gran lección. A continuación, me permito compartir sus primeros párrafos:  

“Tenía cinco años cuando mi abuelo el coronel me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Aracataca. El que más me llamó la atención fue una especie de caballo maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa. “Es un camello”, me dijo el abuelo. Alguien que estaba cerca le salió al paso. “Perdón, coronel”, le dijo. “Es un dromedario.” Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo de que alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto, pero lo superó con una pregunta digna: 

—¿Cuál es la diferencia? 

—No la sé —le dijo el otro—, pero éste es un dromedario. 

El abuelo no era un hombre culto, ni pretendía serlo, pues a los catorce años se había escapado de la clase para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe, y nunca volvió a la escuela. Pero toda su vida fue consciente de sus vacíos, y tenía una avidez de conocimientos inmediatos que compensaban de sobra sus defectos. 

Aquella tarde del circo volvió abatido a la casa y me llevó a su sobria oficina con un escritorio de cortina, un ventilador y un librero con un solo libro enorme. Lo consultó con una atención infantil, asimiló las informaciones y comparó los dibujos, y entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el mamotreto en el regazo y me dijo: 

—Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca. 

Era el diccionario de la lengua, sabe Dios cuál y de cuándo, muy viejo y ya a punto de desencuadernarse. Tenía en el lomo un Atlas colosal, en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. “Esto quiere decir -dijo mi abuelo– que los diccionarios tienen que sostener el mundo.” Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grande. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez. 

—¿Cuántas palabras habrá? —pregunté. 

—Todas —dijo el abuelo.” 

El maestro colombiano nunca se vio como un intelectual o como un académico; nunca pretendió serlo. No cultivó el ensayo o conferencia académica, su vehículo favorito de enseñanza fue la anécdota. 

Su memorable “Prólogo” al diccionario Clave, publicado en 1996, nos muestra el momento culminante de su relación con la lexicografía, como se constató antes en sus notas “La mujer que escribió un diccionario” y “La vaina de los diccionarios”. 

¿Alguno de ustedes recuerda su primer diccionario? Yo aún conservo el “Academia”, que descubrí hace más de cuatro décadas, en tercer grado de primaria. 

cavw67@hotmail.com 

(*) Reportero. 

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