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miércoles, febrero 24, 2021
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Tres cuentos de Joaquín Filio

La invitación

Nunca conocí la razón por la que mi padre dejó pasar a nuestra casa a las personas pequeñas. Fue más bien una impertinencia súbita, uno de esos arrebatos que le asaltaban por el vago deseo de tener familia numerosa y que venían a interrumpir nuestra ternura solitaria cada vez que se ponía borracho.

La noche en que les abrió las puertas, pude observar la hipocresía en sus acciones. El brillo del fuego en esos ojos me recordaba a la luz en el rostro de mis hermanos muertos. Su idioma, impreciso, nos hizo pensar en que quizá eran invitados extranjeros.

Para mi madre fue irascible atender los caprichos que demandaban. Estaba harta de presenciar el milagro de sus diminutas extremidades cubiertas de lodo a todas horas. Harta de tener que bajarlos a cinturonazos francos de sus electrodomésticos. Pero ellos permanecían jariosos por alcanzar los rincones de la cocina.

Mi madre optó por alimentarlos con sapos crudos. Les arrojaba frutas podridas confundiéndolos con los monos.

A veces los jalaba desde adentro de los espejos. Otras lograban escapar entre las tuberías de la casa. Si tocaban los tambores, su desfile, al igual que una marcha fúnebre, se instalaba en el zaguán. Cuando jugaban en el lodo su inquietud mutante transpiraba por los azulejos de los cuartos y dejaban tras de sí, una silueta espesa parecida a la sangre.

Jamás, ni por error, precisamos de su sexo.

Mi padre por el contrario los adoptó sin chistar. Más de una vez lo encontré admirando el espectáculo de las apariciones en los cuadros de la sala.

Durante las madrugadas, el sonido de la lluvia erraba desde el patio y su presencia inefable habitaba nuestros sueños. Nunca hubo rezo oportuno ni catecismo suficiente para apartarme de la invitación.

Han pasado los años, inciertos, escondiéndose entre los cajones. El hogar ha crecido o tal vez es el mundo que ahora nos queda grande. Mi padre murió a escala: lo enterramos en una cajita de zapatos.

Los cuentistas

Los cuentistas no imaginan, ignoran cualquier tipo de oficio, olvidan al cerebro en la caja del supermercado. Abandonan sus automóviles, obsoletos, a mitad de la carretera; destruyen las fechas familiares por andar pensando en la forma correcta de escribir idiosincrasia. Ellos temen a la ley. Los cuentistas se reúnen en las mesas de café a contar cicatrices, como si observaran desde la vitrina de la memoria. No piensan, se caen en las cocinas de los restaurantes; pernoctan en absurdos centros comerciales. Los cuentistas no cuentan cuentos: hacen fotosíntesis. Cometen terrorismo en los hospitales. Sacan a pasear a sus ideas porque le temen a los perros. Antes de morir son detenidos en aduanas de países que no existen. Los cuentistas se duermen en los autobuses cuando van de regreso a casa y despiertan en absurdos cementerios. Ellos temen al cambio climático, al Hezbollah. Los cuentistas no se meten al mar, pasan por la costa intentando encender un cigarro con la chispa de sus tristezas. Ellos son víctimas y victimarios, inventan himnos. Los cuentistas no saben leer, ensayan el braile de los días encima de cuerpos callados, dóciles. No hay vicio más enfermo que escribir. Los cuentistas ignoran el pasado, todo el tiempo están conjugando en presente. Prefieren quedarse ciegos en lugar de parpadear. Ellos temen al fenómeno del Niño, dibujan paisajes en los citatorios de Hacienda. Los cuentistas no saben nada de medicina pero extraen sus corazones en suaves cirugías, hermosas cirugías. Los cuentistas viajan a Tokio por equivocación, escriben poemas sobre sus pasaportes. Ellos hacen de tripas cerebro, le temen a la palabra esternocleidomastoideo. No hay vicio más enfermo que escribir. Los cuentistas bailan sin pareja por geometría y juran que el ritmo es una evidencia de la vida en Marte. Los cuentistas odian a la patria, prefieren fundar escuelas de esoterismo en las salas de espera de consultorios dentales. Y van sin argumentos por el mundo, deprimidos, iracundos, perversos, esquizoides. La noche mantiene un pacto con ellos: les ofrece la oscuridad a cambio de sus corazones adolescentes.

Salpullido

Todo comenzó con una rasquera en la mano. Luego llegaron los dedos a cumplir con la labor del ir y venir, desde la muñeca hasta las falanges, completando la ecuación del salpullido. Después la infección alcanzó un pie, más tarde el otro. Al cabo de unas horas ya se hablaba del torso y la espalda. Qué si los glóbulos blancos fallaron, que si los antibióticos no coordinaron a tiempo. Y entonces se salió de control. De un antebrazo caluroso en la multitud del metro brincó hacia un hombro anciano que más tarde hallaría refugio en un abrazo de despedida. Fueron los encuentros de la saliva en la precisión de un beso, de una penetración no lubricada y de alto riesgo que llegó a una inesperada fecundación, nueve meses más tarde, viajando hacia las luminosas ciudades asiáticas. Nadie lo vio venir. Sortearon aduanas de terminales perdidas en la Patagonia. Cruzaron con la caravana de migrantes centroamericanos a través del río bravo y fueron recibidos, en cuerpos sobrevivientes, por paisanos al otro lado de la frontera. Llegaron convertidos en horda, entre pantanosas camisas a cuadros y vestidos de terciopelo y sandalias de henequén, a las franquicias de supermercados de todo el trópico. Acabaron con los suministros de alimentos y terminaron por detenerse en el cobre de las monedas latinoamericanas que, avanzado el problema, terminarían por perder plusvalía. El mundo se contagió de misterio. De la cara de los ministros y presidentes se caían los discursos, inexplicables, acompañados de retazos de lengua. “Muerte y destrucción” confirmó un periódico, en el encabezado espectacular de año nuevo. Entonces los automóviles de la ciudad se detuvieron a falta de conductores en las avenidas. Los aviones, oxidados, perecieron en el olvido. Un celular vibró en el rincón de un callejón oscuro. Una mano con rasquera intentó contestar y luego ya no hubo comunicación.

Joaquín Filio (1991, Mérida, Yucatán) Escribe cuentos. Es autor de la columna “Invenciones de bolsillo” del periódico Novedades Yucatán. Fue mención honorífica del Concurso Nacional de Cuento Beatriz Espejo en su edición 2016. Textos suyos aparecen en páginas digitales como Tierra adentro, Punto en línea y Marabunta. Fue becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Yucatán en la categoría de cuento. Autor del libro Mediocre (Acequia Casa Editorial, 2019) y Escafandra (Acequia Casa Editorial, 2020) 

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